En el artículo Pensamiento crítico: Enseñar a los estudiantes a leer un libro de texto, publicado el 26 de marzo de 2025, en el portal educativo edutopia, Benjamin Barbour reflexiona sobre una cuestión clave en la enseñanza: la necesidad de instruir a los alumnos en el uso adecuado de sus libros de texto. Aunque estos materiales están presentes a lo largo de toda la trayectoria académica, muchos jóvenes no saben realmente cómo aprovecharlos. A menudo se asume que, por el simple hecho de tener acceso a ellos, los estudiantes saben cómo manejarlos; sin embargo, no siempre es así. Barbour sostiene que es responsabilidad de los docentes acompañarlos en este proceso y enseñarles a leer de forma crítica, estructurada y eficaz.
El artículo, basado en la experiencia directa del autor en el aula, ofrece una serie de recomendaciones prácticas para que los profesores ayuden a sus alumnos a leer con intención. La idea no es simplemente asignar páginas, sino hacer del libro de texto una herramienta viva dentro del aula. Desde cómo presentar el material, hasta cómo analizar su estructura o utilizar sus recursos visuales, se nos ofrecen consejos claros para transformar la manera en que los estudiantes interactúan con sus libros.
Barbour señala que es fundamental dedicar tiempo a explorar el libro de texto con los alumnos antes de comenzar cualquier contenido. Es necesario revisar juntos la portada, el índice, el prefacio, e incluso discutir los títulos de los capítulos para que los estudiantes se familiaricen con los temas que abordarán. Explicar que estos libros han sido diseñados específicamente para el aprendizaje es clave, ya que incluyen herramientas útiles como títulos codificados por colores, preguntas guía, glosarios, imágenes informativas, esquemas y cuadros de texto que no deben pasarse por alto.
El texto destaca que muchos alumnos no reconocen las señales visuales que ofrecen los libros y tienden a leerlos como si fueran novelas. Por eso, uno de los objetivos principales de la propuesta es enseñarles a identificar las partes del libro y a comprender su estructura: cómo se organiza un capítulo, qué función cumplen los títulos y subtítulos, qué información se encuentra al margen, o por qué ciertas palabras están en negritas o cursivas. Estas estrategias permiten al lector navegar por el contenido con mayor autonomía, saber dónde encontrar lo que busca y anticipar lo que va a leer.
Señalar los puntos de referencia
Una de las secciones más útiles del artículo es aquella donde se nos brindan consejos sobre cómo guiar a los estudiantes a reconocer las herramientas internas del libro de texto, aquellas que los propios autores han incluido para facilitar la comprensión.
Materiales introductorios: Son fragmentos que aparecen al inicio de cada capítulo o lección, como preguntas esenciales o párrafos breves que explican el tema central. Estos fragmentos ayudan a preparar a los estudiantes antes de sumergirse en el contenido. Por ejemplo, si un capítulo trata sobre la Revolución Francesa, un buen material introductorio puede plantear la pregunta: "¿Qué llevó a una sociedad entera a derrocar a su rey?" Leerlo juntos les da una guía inicial de lo que deben buscar en el texto.
Vocabulario: Las palabras clave suelen aparecer en negritas, cursivas o subrayadas. Esto indica que son conceptos fundamentales. Barbour recomienda que los docentes ayuden a los estudiantes a identificarlas y entenderlas antes de continuar con la lectura. Por ejemplo, si en una lección aparece la palabra constitución en negritas, el docente puede detenerse, preguntar qué creen que significa y luego consultar la definición del libro.
Preguntas: Muchas veces aparecen al inicio o al final de cada sección. Estas preguntas no están ahí solo para ser respondidas como tarea, sino para orientar la lectura. El autor propone usarlas como una guía constante. Por ejemplo, si al principio de una lección aparece la pregunta: “¿Cómo afectan los desastres naturales a la economía?”, el docente puede pedir a los estudiantes que piensen en esa pregunta mientras leen, y que luego la respondan con base en el contenido.
Imágenes, gráficos y pies de foto: Estos elementos visuales no son decorativos. Tienen una función informativa y muchas veces sintetizan información clave. Barbour recomienda analizarlos en clase. Por ejemplo, si aparece un gráfico que muestra el crecimiento de la población mundial, es útil detenerse a interpretarlo, leer el pie de foto y discutir lo que revela en relación con el texto.
Texto adicional o recuadros: A veces aparecen en las orillas o intercalados en la página, con información complementaria. Se les llama barras laterales o cuadros de texto. Estos fragmentos suelen ofrecer datos curiosos o ejemplos específicos. Por ejemplo, en una lección sobre energía, un recuadro puede mostrar el caso de un país que usa exclusivamente energías renovables. Analizarlo puede enriquecer la comprensión del tema principal.
Sugerencias de estudio: Algunos libros incluyen consejos para tomar apuntes, crear organizadores gráficos o resúmenes. Son ayudas muy útiles que deben aprovecharse. Por ejemplo, si el libro recomienda hacer un mapa mental al final de cada lección, el docente puede asignar esta actividad como parte de la rutina de estudio.
Estudiar con libros de texto
Además de enseñar a identificar los componentes del libro, Barbour ofrece una serie de actividades concretas para que los estudiantes puedan estudiar con mayor eficacia.
Evaluaciones con cuaderno abierto: Aunque esta estrategia puede parecer polémica, permite que los estudiantes aprendan a buscar y seleccionar información. No se trata de facilitar el examen, sino de enseñar a utilizar el texto como una herramienta de consulta. Por ejemplo, durante una evaluación, se puede permitir el uso del libro para responder una parte de las preguntas, enfocadas en interpretación y análisis.
Ilustraciones creadas por los estudiantes: Pedirles que dibujen una imagen relacionada con una sección del texto que no incluye gráficos o fotografías ayuda a consolidar el aprendizaje. Por ejemplo, si un apartado describe el ciclo del agua pero no tiene ilustraciones, se puede pedir a los estudiantes que lo representen en su cuaderno.
Encabezados transformados en preguntas: Una forma efectiva de profundizar en el contenido es convertir cada encabezado en una pregunta. Después, los estudiantes deben responderla con base en la lectura. Por ejemplo, si el encabezado es “El sistema digestivo humano”, la pregunta podría ser: “¿Cómo funciona el sistema digestivo humano?” y la respuesta deberá basarse en la información que ofrece el texto.
Predicciones: Antes de leer una sección, se puede mostrar una imagen o una pregunta guía y pedir a los estudiantes que predigan de qué tratará el contenido. Esto activa el pensamiento previo y promueve la participación. Por ejemplo, al observar una imagen de una ciudad contaminada, podrían anticipar que la lección tratará sobre los efectos de la contaminación urbana.
Prueba previa de vocabulario: Dar a los estudiantes una lista de palabras clave antes de leer y pedirles que intenten definirlas con sus propias palabras. Luego, comparan sus ideas con las definiciones reales del texto. Esto no solo activa conocimientos previos, sino que genera un momento de reflexión. Por ejemplo, antes de leer sobre genética, los estudiantes pueden intentar definir palabras como ADN o herencia.
Resúmenes: Al finalizar una sección o capítulo, los alumnos pueden escribir un resumen breve, incluso de una sola oración. Esto los obliga a identificar lo esencial. Por ejemplo, luego de una lección sobre la Primera Guerra Mundial, un estudiante podría escribir: “La guerra fue causada por tensiones políticas, alianzas militares y el asesinato del archiduque Francisco Fernando”.
En suma, el artículo de Benjamin Barbour es una guía útil y concreta para los docentes que desean enseñar a sus estudiantes a leer libros de texto con mayor intención, profundidad y eficacia. Más allá de simplemente transmitir contenidos, se trata de formar lectores activos, capaces de interpretar, analizar y utilizar la información que se les presenta. En un mundo cada vez más saturado de datos, enseñar a leer con propósito es, sin duda, una de las habilidades más valiosas que se pueden cultivar en el aula.
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