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¿Cómo aprendemos a tener miedo?

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¿Cómo aprendemos a tener miedo?

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Francisco Vásquez Ponce* | Red Magisterial
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De los fantasmas que rondaban las noches de nuestros abuelos a las amenazas que hoy habitan las pantallas, el miedo sigue acompañándonos. ¿Qué podemos aprender de una emoción que ha sido indispensable para la supervivencia humana?

UNO. MIEDO ATÁVICO

¿A qué le teníamos miedo cuando éramos niños? Quizá a la oscuridad del pasillo, a los fantasmas de las historias familiares, a la criatura que imaginábamos debajo de la cama o a ese ruido inexplicable que llegaba desde lejos.

Los abuelos hablaban de aparecidos, brujas y almas en pena, como La Llorona; nuestros padres crecieron entre leyendas urbanas, películas de terror y amenazas tan reales como la guerra nuclear. Hoy, mientras las escuelas preparan sus ofrendas de Día de Muertos y los disfraces de Halloween, los niños conviven con otros monstruos: algunos habitan videojuegos, videos virales y relatos digitales; otros adoptan la forma del acoso escolar, la violencia o la incertidumbre sobre el futuro, sobre todo en los jóvenes. El escritor estadounidense H. P. Lovecraft, maestro del terror, afirmó en un famoso ensayo publicado hace casi 100 años: “La emoción más antigua y poderosa de la humanidad es el miedo”, y consideró que su expresión más profunda era el temor a lo desconocido. (El horror sobrenatural en la literatura / “Supernatural Horror in Literature” , The Recluse (1927).

Aunque no es la única, la emoción y sentimiento del miedo no es una exageración literaria, contiene una intuición poderosa: cambian las amenazas, las historias y los personajes, mientras nuestra capacidad de sentir miedo permanece.

DOS. SUPERVIVENCIA, CLAVE DEL MIEDO

Mucho antes de que existieran las escuelas, los libros o las películas de horror, el miedo ya cumplía una función indispensable: mantenernos vivos. Detectar un depredador, reconocer una amenaza y reaccionar antes de que fuera demasiado tarde pudo representar la diferencia entre sobrevivir y morir. Parte de esa herencia evolutiva permanece en nosotros. En 2017, un equipo encabezado por la investigadora Stefanie Hoehl encontró que bebés de apenas seis meses presentaban una mayor dilatación de las pupilas al observar imágenes de serpientes y arañas que ante flores y peces. El estudio, publicado en Frontiers in Psychology, sugiere una predisposición temprana para detectar determinados peligros ancestrales, aunque no demuestra que los bebés ya experimenten miedo consciente hacia esos animales.

Nuestros hijos no nacen temiendo a las brujas, los exámenes o los fantasmas; aprenden muchos de esos miedos mediante experiencias, relatos y observación de los adultos. Así, mientras la evolución proporciona mecanismos de alerta, la familia, la escuela y la cultura contribuyen a enseñarles cuándo deben activarse.

TRES. RIESGOS DEL MIEDO  

Pero ¿qué ocurre exactamente cuando tenemos miedo? El corazón se acelera, cambia el ritmo de la respiración, los músculos se tensan y la atención se concentra en aquello que interpretamos como amenazante. El sistema nervioso autónomo y las hormonas del estrés preparan al organismo para defenderse. Podemos correr, enfrentar el peligro o quedarnos inmóviles, aparentemente paralizados. El neurocientífico Joseph LeDoux, en su artículo “Coming to Terms with Fear” (2014), distingue entre los circuitos cerebrales que organizan respuestas defensivas y la experiencia consciente de sentir miedo: ambos procesos se relacionan, pero no son idénticos.

Lo inquietante es que una amenaza no necesita ser verdadera para desencadenar reacciones físicas. Basta con que nuestro cerebro la interprete como peligrosa. Por eso un estudiante puede experimentar angustia auténtica ante una exposición oral, aunque no exista ningún riesgo físico ni punitivo. En circunstancias excepcionales, el estrés emocional extremo puede incluso contribuir a desencadenar una afección cardiaca grave, como la miocardiopatía de Takotsubo o síndrome del corazón roto, según documenta la Asociación Estadounidense del Corazón. El miedo nos protege, pero también puede aniquilarnos.

CUATRO. SIN MIEDO

¿Sería mejor vivir sin miedo? La respuesta científica es menos tranquilizadora de lo que parece. En 2011, investigadores de la Universidad de Iowa publicaron el caso de una mujer identificada como SM, quien presentaba lesiones en ambas amígdalas cerebrales, estructuras fundamentales para procesar determinadas amenazas. La llevaron a una tienda con serpientes y arañas, la hicieron recorrer una casa embrujada y le mostraron películas de terror. Su respuesta fue extraordinaria: prácticamente no manifestó miedo. Sin embargo, esa ausencia no la convertía en una persona invulnerable; por el contrario, podría dificultar reconocer situaciones peligrosas. Dos años después, otro experimento mostró que podía experimentar pánico ante una sensación fisiológica intensa de falta de aire, demostrando que el miedo no depende de una sola región cerebral.

La lección resulta reveladora: una vida sin miedo no necesariamente sería una vida más segura. Para los adultos que exigimos a los niños ser valientes, convendría recordar que la valentía no consiste en ignorar todos los peligros, sino en aprender a reconocerlos y decidir cómo actuar.

CINCO. DIFERENTES MIEDOS

Los miedos también tienen historia, y cada generación crece bajo las amenazas de su tiempo. Durante la Guerra Fría, millones de personas convivieron con la posibilidad de una destrucción nuclear. En Australia, una investigación de Peter Slee y David Cross publicada en 1989 encontró que el 67.4 % de una muestra de 1,243 niños y adolescentes manifestaba temor a una guerra nuclear. Los participantes más pequeños expresaban con mayor frecuencia miedos relacionados con animales y seres sobrenaturales, mientras que entre los mayores adquirían importancia los temores sociales y los conflictos bélicos.

Nuestros abuelos pudieron temer enfermedades que hoy se previenen o tratan de otra manera; nuestros padres, conflictos internacionales que veían por televisión. En México, distintas generaciones han compartido además temores relacionados con los terremotos, la inseguridad y la pérdida de seres queridos. En 1933, durante la Gran Depresión, Franklin D. Roosevelt pronunció su célebre frase: “A lo único que debemos temer es al miedo mismo”, en referencia al terror irracional que podía paralizar la recuperación de su país. Casi un siglo después, esa idea merece una precisión: no todos los miedos son irracionales, ni todos pueden resolverse simplemente a voluntad.

SEIS. SUMA DE MIEDOS

Los temores contemporáneos no han eliminado a los antiguos: se han acumulado sobre ellos. Los niños todavía pueden asustarse con la oscuridad, los truenos o la posibilidad de perder a sus padres; pero los adolescentes también enfrentan preocupaciones por la exclusión social, la exposición pública, el acoso digital, los conflictos armados y las crisis ambientales. Una encuesta internacional presentada por UNICEF en 2025 encontró que numerosos jóvenes se sentían sobrepasados por la información y las crisis globales. Su informe sobre la Generación Z mexicana señaló que más del 70 % de los jóvenes consultados se sentía abrumado y más de la mitad había necesitado ayuda psicológica.

Aunque sentirse abrumado no equivale necesariamente a tener miedo, estos resultados muestran la importancia del contexto emocional en que crecen las nuevas generaciones. La diferencia es que hoy algunas amenazas pueden acompañarlos a todas horas: llegan mediante notificaciones, fotografías, videos y conversaciones que continúan después de terminar la jornada escolar. Para las familias y los docentes surge entonces otra pregunta: ¿cuántas de las preocupaciones que interpretamos como exageraciones infantiles son respuestas a un mundo que los adultos tampoco sabemos explicar completamente?

 

SIETE. MIEDO DE MASAS

La literatura, el cine y la música han convertido esa capacidad de sentir miedo en una experiencia estética. Los relatos de Edgar Allan Poe, las criaturas de Mary Shelley y los fantasmas de nuestras leyendas populares demuestran que no necesitamos encontrarnos físicamente ante una amenaza para sentir su presencia. En el cine, una puerta entreabierta, una sombra o unos pasos pueden provocar más angustia que la aparición del monstruo. Pensemos en las dos notas alternadas que John Williams utilizó para anunciar al tiburón de Jaws (Tiburón, 1975), o en la inquietante música de Bernard Herrmann para Psycho (Psicosis, 1960). El sonido anticipa el peligro y nuestra imaginación hace el resto. No es una simple impresión: investigaciones publicadas en 2022 sobre música cinematográfica y suspenso encontraron que la combinación de imágenes, narración y sonido influye en las respuestas emocionales y fisiológicas de los espectadores.

Así se explica parte del atractivo de las historias de terror: podemos experimentar una amenaza en un entorno relativamente seguro. En el aula, un cuento inquietante puede convertirse en una oportunidad para explorar cómo se construyen las emociones, cómo funcionan las narraciones y por qué dos estudiantes pueden reaccionar de maneras completamente distintas ante la misma historia.

 

OCHO. MIEDO, TRADICIÓN Y FIESTA

Halloween y Día de Muertos ofrecen, entonces, algo más que disfraces, calaveras, dulces y ofrendas: una oportunidad para conversar sobre lo que nos asusta, lo que hemos perdido y aquello que todavía no comprendemos. Pero esa conversación requiere sensibilidad. Para un niño, un fantasma puede ser un juego; para otro, una fuente genuina de angustia. Una ofrenda puede representar una experiencia alegre de memoria familiar o despertar el dolor de una pérdida reciente.

El docente no necesita convertirse en terapeuta ni eliminar todas las experiencias que producen temor; puede escuchar, distinguir entre riesgos reales e imaginarios, respetar las diferencias y ofrecer un espacio donde las emociones puedan expresarse sin burlas.

Los padres, por nuestra parte, podrían comenzar reconociendo que también sienten miedo: al fracaso, a la enfermedad, a perder a quienes amamos o a no saber acompañar a los hijos.

Quizá la pista más importante de estas fechas no sea que los monstruos no existen, porque algunos peligros son perfectamente reales, sino que comprender nuestros miedos nos ayuda a enfrentarlos mejor. Después de todo, los monstruos de nuestros abuelos ya no son los nuestros, y probablemente los de nuestros hijos serán distintos. Pero, mientras exista la humanidad, el miedo seguirá recordándonos algo fundamental: estamos vivos, somos vulnerables y necesitamos aprender a cuidarnos.

Fuentes principales: